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Texto
preparado, por Miguel Ángel San Miguel con motivo
de la presentación
de la revista “Sarnago” nº 3.
Cuando
me pidieron que presentara el número 3 de la
revista Sarnago, no lo dudé; consideré un honor
contribuir con mi pluma y mi palabra a vuestro proyecto de
sacar adelante a vuestro pueblo.
La
literatura de propios y extraños ha estado hablando de
Sarnago como un pueblo abandonado. Así lo describen Delfín
Hernández y su hermano Abel en una literatura colmada de
dolor. Incluso Jesús Vasco en su artículo llega a
exclamar: “ su iglesia en ruinas no entendía como
siendo la casa de Dios fuera por este abandonada”.
Pero
nada más lejos de la realidad; porque en los puentes, en
vacaciones siempre había gente reparando tejados,
levantando paredes y
humo en las chimeneas; y por supuesto a Luisa y a
Boni por sus caminos y veredas.
Diego
Rafael Cano, el médico que os atendía, allá por los años
sesenta, os conocía bien,
y en la revista que hoy presentamos dice de
vosotros: “más que villa a Sarnago podríamos llamarla
fortaleza”.
Y
es que no os habéis conformado con derramar lágrimas de
impotencia sino que desde el primer día hicisteis vuestra
esa reflexión de Cervantes por boca de D. Quijote: “la
mayor locura que puede cometer un hombre es dejarse morir
sin más ni más”, a sabiendas de que “El conformismo
y la indiferencia pueden convertirse en peligrosa ideología”.
Por
eso desde vuestra humilde fortaleza,
gritabais palabras de indignación cuando algunos
hablaban de pueblo abandonado.
Con razón Boni replicaba
con sus sentidos versos: “Sarnago tu no estas solo ni
hundido ni abandonado”; y José Mari desde el editorial
lo dice bien claro: ¿Quién dijo pueblo abandonado? Y lo
reitera bien alto a unas instituciones que ante vuestras
demandas daban por respuesta el desdén o el silencio
administrativo. Pero, en tales casos, reaccionabais con lo
mejor de vosotros: vuestro esfuerzo comunitario. Y a los
literatos de la melancolía y la impotencia y a los políticos
de la ceguera les habéis dicho: Que todos los pecados
tienen redención menos uno: pecar contra la esperanza.
Si
algo se os puede decir es que estáis siendo sembradores
de sueños; de unos sueños que, día tras día, vais
haciendo realidad reconstruyendo
las 22 viviendas, llevando el agua primero al pueblo,
después a vuestras casas; manteniendo el museo etnográfico;
conservando unas fiestas con Móndidas de raíces
milenarias, que sin duda harán sentirse satisfechos a
quienes poblaron vuestro
castillo celtibérico.
Todo
ello lo habéis hecho con la sencillez de los fuertes y el
objetivo claro del retorno:
“El
alma me partiría
si
supiera que a Sanago no he de volver…
Dios
no lo quiera”.
Por
eso cuando os cerraron el camino,
os enfrentasteis
a “bachilleres, malandrines y follones”; e
hicisteis vuestra esa hermosa canción de Larralde: “A
desalambrar a desalambrar, que la tierra es mía y de Juan
y José”…; y rompisteis el cerco que cerraba el camino
a vuestro hogar.
En
ese empeño encarnáis esa España del “cincel y de la
maza” de la que hablaba Machado, pues aunque en Sarnago
enmudecieron las campanas, se escuchaba, golpe a golpe, el
batir sobre los
yunques.
Pero
hoy estamos aquí para hablar de vuestra revista; porque
como decía D. Antonio también
levantáis a vuestro pueblo verso a verso. Con razón
Isabel Goig dice de vosotros que os habéis convertido en
el referente cultural de Tierras Altas.
En
vuestra revista estáis dando ejemplo de libertad de
expresión, porque habéis dado voz a todos, sin
sectarismos excluyentes.
En
la página editorial José Mari relata dolor de vuestra
marcha, forzada por un gobierno al que importaban más los
pinos que vosotros.
Después,
la pluma de Julio Llamazares habla de la grandeza de
vuestro paisaje, de la soledad de quienes se quedaron; de
su amigo, Toño, el cura de Sarnago; también está la
huella de Jesús Vasco fascinado por la hondura de vuestro
paisaje; Martínez
Laseca mencionando a
Machado, cuya mujer Leonor tenía raíces
sampedranas. Pedro Luque Cortina nos cuenta cosas de la
Mesta y de la Trashumancia; de esos rebaños que sin duda
dirigieron vuestros mayorales en los periplos a la
Extremadura; y
que Juan Ruiz, el Arcipreste” veía pasar
por Hita haciéndole exclamar:
“Rehalas
de Castilla con pastores de
Soria
Recibenle
en los pueblos e dicenle gran hestoria
Taniendo
las campanas en diciendo la gloria
De
tales alegrías no ha en el mundo memoria.”
San
Celedonio aporta una valiosa documentación de esta tierra
durante la Alta Edad Media.
A
mí me disteis la opción de hablar de una de las mayores
tragedias que sufrió la sierra de la Alcarama:
El espanto de los condenados por el Santo Oficio y
la limpieza étnica que supuso la expulsión de los
moriscos.
Con
valentía habéis dado voz a la memoria, cuando, en
septiembre de 1936, escopetas del infierno segaron la vida
del maestro de Fitero y del alcalde de Pitillas.
Y
además habéis hecho una revista valiente, no exenta de
la crítica antes los abusos o los silencios, pues es
preferible molestar con la verdad que complacer con
adulaciones.
Estáis
propiciando un pluralismo a sabiendas de sólo escuchando
a quienes no piensan como nosotros, nos acercaremos a un
mundo más saludable; y así habéis ofrecido estas páginas
a quien se pusiera al servicio de una causa tan hermosa
como la cultura y el resurgir de un pueblo.
Sin
dejaros llevar por “el elitismo literario”, habéis
puesto la voz a vuestra gente: a los que desalambraron el
camino; a quienes reconstruyen el pueblo teja a teja,
piedra a piedra.
Para
concluir se
puede decir de vosotros que tenéis Karama, esto es, que
tenéis dignidad. Me lo enseñaron en mi primer viaje a
Palestina: Me hablaban de karama; y dije ¡carai si ese
es el nombre de la sierra de mi pueblo! Y es que Al
Karama significa
dignidad.
Vuelvo
a recordar la frase de que “la iglesia, de Sarnago, no
entendía como siendo la casa de Dios fuera por este
abandonada”; pero vosotros, en cambio, no habéis
abandonado a vuestro pueblo, ni a los vuestros ni a
vuestras tradiciones religiosas.
Finalmente
quiero cerrar estas líneas con esos versos de Machado
cuando desde Baeza recordaba a las tierras de Soria:
Gentes
del alto llano numantino
que
a Dios oráis como cristianas viejas
que
el sol de España os llene
de
alegría, de luz y de riquezas.
De
una riqueza que no sea la de la codiciosa ostentación del
nuevo rico, sino que sea riqueza en dignidad, en
esperanza, en cultura y en solidaridad.
Miguel
Ángel San Miguel
Sarnago-Gijón
Agosto de 2.010
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